Hoy volví a escribir. Como siempre, escribo ante una necesidad que me reclaman hasta los pies, que se mueven inquietos por la ansiedad que me genera no ordenar las palabras que me tocan la puerta.
Hoy volví a escribir, porque tengo una sensación tan inmensa que no me entra en el cuerpo, así que quiero desparramarla en donde sea, en un papel, en mi mano, en la pared. Es una sensación de esas que no te olvidas nunca, que perpetúan en tu recuerdo hasta el último día de tu vida. Bah, qué sé yo de vida si no llegué a vivir más de 10 presidencias.
Lo que sí sé, es que es algo que no quiero que se me vaya jamás, si se pudieran tatuar sensaciones me escracharía toda la cara con ésta. Más que una sensación, es una persona, sería irresponsable de mi parte adjudicarme algo de todo esto que me pasa. Que nos pasa. Que nos venía pasando, pero ahora nos pasa más que nunca.
Lo inmenso de esta sensación, causada por esta persona en particular, es que me redirecciona a otras sensaciones, por ejemplo, acordarme de lo mucho que quiero a mi abuela, de cómo disfruto que me lean en voz alta, los partidos de fútbol, las chocolatadas con vainillas, el miedo que me da dormir sola o ir a la iglesia, la incomodidad que me genera una cena familiar. Esa sensación parece remarcar todas mis pequeñas sensaciones. Me hace más yo y menos algo que no era.
Por eso hoy, mi único miedo es que esta sensación se vaya, junto con esta persona, porque sin esa persona no existo y no lo escribo para darle un intenso y vulgar remate a mi relato, es que, por primera vez, entiendo a los amores para toda la vida.
Hoy volví a escribir, porque tengo una sensación tan inmensa que no me entra en el cuerpo, así que quiero desparramarla en donde sea, en un papel, en mi mano, en la pared. Es una sensación de esas que no te olvidas nunca, que perpetúan en tu recuerdo hasta el último día de tu vida. Bah, qué sé yo de vida si no llegué a vivir más de 10 presidencias.
Lo que sí sé, es que es algo que no quiero que se me vaya jamás, si se pudieran tatuar sensaciones me escracharía toda la cara con ésta. Más que una sensación, es una persona, sería irresponsable de mi parte adjudicarme algo de todo esto que me pasa. Que nos pasa. Que nos venía pasando, pero ahora nos pasa más que nunca.
Lo inmenso de esta sensación, causada por esta persona en particular, es que me redirecciona a otras sensaciones, por ejemplo, acordarme de lo mucho que quiero a mi abuela, de cómo disfruto que me lean en voz alta, los partidos de fútbol, las chocolatadas con vainillas, el miedo que me da dormir sola o ir a la iglesia, la incomodidad que me genera una cena familiar. Esa sensación parece remarcar todas mis pequeñas sensaciones. Me hace más yo y menos algo que no era.
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